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Tortuga Verde (Chelonia mydas) / Foto: A.C. ConBiVe
Aquel enorme animal emergió con cautela en medio de la noche para respirar. Luego, con un impulso de sus fuertes aletas, se dejó llevar por las olas en dirección a la playa. Una playa que por milenios ha recibido la visita de sus congéneres, y en donde seguramente había nacido.
Sin ser visto, salió del agua y se arrastró lenta y pesadamente sobre la arena hasta un punto situado por encima del límite de la marea; era una hembra. Después, en silencio, comenzó a usar sus extremidades delanteras para remover la arena a su alrededor y al frente de su cuerpo, hasta formar una concavidad o “cama” de poco más de un metro de diámetro y unos treinta centímetros de profundidad. Se acomodó sobre ella y comenzó a abrir otra hendidura, más pequeña y profunda, con sus aletas posteriores. Una vez terminado este segundo hoyo, comenzó a depositar en él sus huevos... Fue en este preciso momento cuando notamos su presencia.
Para todo aquel que le gusta vivir en contacto con la naturaleza, y especialmente para aquellos que trabajan en el cuidado y conservación de tortugas marinas, este es un momento emocionante, mágico, que muchos esperan con notoria ansiedad.
El encuentro ocurrió mientras hacíamos un rutinario patrullaje nocturno (usual y tristemente necesario durante la época de desove) en una no muy extensa playa del extremo oriental del Estado Vargas, en la región centro-norte del país, en compañía de algunos voluntarios y especialistas de la Asociación Civil para la Conservación de la Biodiversidad de Venezuela (ConBiVe). Estábamos felices por haber encontrado una nueva nidada. Nuestro objetivo, en ese lugar, era trasladar la mayor cantidad de huevos posibles a un sitio protegido para luego, tras la eclosión, liberar a los tortuguillos en la misma playa para que continuaran con su ciclo de vida.
Más tarde, culminada la labor de esa noche, nos sentamos un rato sobre la arena, satisfechos por haber hecho algo más en favor de la conservación de una especie en peligro de extinción. Pero un sentimiento de impotencia e indignación nos embargaba a todos cada vez que levantábamos la mirada para divisar, a lo lejos, el diminuto resplandor de las luces de dos o tres linternas en una oscura playa lejana...
En Venezuela, el orden de los quelonios o testudines está representado aproximadamente por una veintena de especies; cinco de las cuales son marinas y están presentes en las costas del país: la tortuga verde (Chelonia mydas), la tortuga carey o parape (Eretmochelys imbricata), la tortuga caguama o cabezona (Caretta caretta), la tortuga cardón o laúd (Dermochelys coriacea) y la tortuga lora, maní o guaraguá (Lepidochelys olivacea). Las cuatro primeras desovan en nuestras playas, mientras que la última sólo llega para alimentarse. Todas ellas están en peligro de extinción. Otras dos especies son netamente terrestres, Geochelone carbonaria y Geochelone denticulata, las dos son semejantes entre sí (con variaciones en la coloración) y ambas reciben la denominación de morrocoy. El resto de las especies habita en ríos, caños, lagunas y esteros al sur del país, y entre ellas destacan las tortugas arrau (Podocnemis expansa), las terecay (Podocnemis unifilis), la mata-mata (Chelus fimbriatus), y las galápagos, tanto el llanero (Podocnemis vogli) como el de la cuenca del Lago de Maracaibo (Rhinoclemys diademata). Todas están en peligro de extinción.
Las tortugas marinas se han adaptado exitosamente para la vida en el mar, si bien es cierto que todavía precisan respirar aire y que las hembras necesitan poner sus huevos fuera del agua. Pero la forma del cuerpo, y particularmente la de sus extremidades delanteras, le otorgan una notable habilidad para desplazarse en el medio acuático. Ellas, evolucionaron en grandes y fuertes aletas que le permiten moverse con un poderoso braceo, mientras que el caparazón adquirió una forma aplanada en su perfil dorsal que favorece una línea hidrodinámica bastante eficiente.
Otro rasgo morfológico que permite diferenciar a las tortugas marinas de las especies terrestres y de agua dulce, es que las marinas no pueden retraer sus extremidades dentro del caparazón, y tampoco la cabeza. Por consiguiente, están más expuestas al ataque de los depredadores.
Las tortugas marinas –como todas las demás tortugas– no tienen dientes. Estos han sido reemplazados por fuertes placas córneas que utilizan para morder y triturar. Son animales omnívoros y oportunistas cuando el suministro regular de alimentos es escaso. Pero por lo general, y con variaciones en cuanto a cada especie, se alimentan de algas, peces, erizos, medusas, calamares, esponjas y crustáceos; los cuales muchas veces constituyen el objeto de sus largas migraciones. Se sabe, por ejemplo, que algunos grupos de tortugas cardón viajan desde el Caribe hasta el golfo de Guinea para alimentarse de medusas, y que poblaciones de caguamas cruzan el océano Pacífico –desde el Japón a las playas de Baja California– para alimentarse de cangrejos.
La Tortuga Arrau (Podocnemis expansa) vive en ríos y caños al sur del país / Foto: Jesús Osilia
Morrocoy sabanero (Geochelone carbonaria) una especie terrestre / Foto: Jesús Osilia
Arriba y abajo: Tortuga Cardón (Dermochelys coriacea) Fotos: Hedelvy Guada, archivo CICTMAR
Las tortugas marinas se agrupan en dos familias: Dermochelyidae y Cheloniidae. En la primera se incluye a la única especie que no posee placas córneas duras sobre el caparazón: la tortuga cardón, la tortuga marina más grande del mundo. En la segunda se incluyen a las especies que poseen un caparazón óseo recubierto de placas córneas duras; de las cuales, cuatro especies están presentes en  nuestro país: la tortuga carey, la tortuga verde, la caguama y la lora o guaraguá.
El ciclo de vida de las tortugas marinas es largo y complejo. Para crecer, madurar, reproducirse y completar un ciclo vital necesitan hábitats diversos: playas arenosas, mares abiertos, arrecifes coralinos, estuarios... Tardan entre 20 y 25 años en llegar a la edad reproductiva. Tienen que recorrer largas distancias entre sus áreas de alimentación y anidamiento, a menudo separadas por miles de kilómetros entre sí. Pero, curiosamente, las hembras siempre vuelven a las mismas playas en donde nacieron para poner sus huevos. En Venezuela, las tortugas marinas sólo desovan durante la noche. Algunas hembras lo hacen por encima del límite de la marea alta, otras prefieren anidar entre la vegetación o en la partes húmedas de la playa.
Por lo general, la fecundidad o rendimiento reproductivo de las tortugas marinas es bastante alto. La tortuga cardón, por ejemplo, puede llegar a desovar hasta siete veces por temporada (en el Caribe, la temporada de anidación de estas tortugas comienza en marzo y continúa hasta julio) con un promedio de 100-110 huevos por nidada, pero lo hacen cada dos o tres años, al igual que la tortuga verde. La tortuga carey desova hasta seis veces por temporada y pone entre 120 y 150 huevos por nidada; la tortuga cabezona desova unas cinco veces por temporada y pone alrededor de 100 huevos en cada nido... A primera vista, parecieran ser muchos huevos. El problema está en que la tasa de mortalidad de las tortugas marinas es alto, demasiado alto. Muchos huevos son depredados por cangrejos, zorros, perros... Al nacer, no todos los tortuguillos llegan al mar, y muchos no viven más allá de los primeros días ya que son presas fáciles de aves, peces y cangrejos. Los nidos pueden sucumbir por la compactación del terreno (tal vez aplastados bajos las ruedas de un vehículo de doble tracción), o pueden ser destruidos por los procesos erosivos que se dan a nivel de la costa, o también por la acción directa del hombre. En Venezuela, y en muchas partes del mundo, la caza furtiva de tortugas y el saqueo de nidos se hace más por razones comerciales-depredatorias que como una necesidad de la persona de llevar el sustento a su hogar. El caparazón de las tortugas, especialmente el de la carey, se vende como elemento decorativo y para la elaboración de diversos accesorios artesanales; aunque su comercialización está prohibida. Además, son muchas las tortugas que diariamente quedan atrapadas en las redes de las grandes embarcaciones de pesca, y mueren.
En definitiva, los especialistas estiman que de cada 1.000 tortuguillos liberados al mar, sólo uno o dos llegan a la edad adulta... Es una cifra alarmante.
Texto: Jesús Osilia / Fotos: CICTMAR, CONBIVE
Tortuga carey (Eretmochelys imbricata) Foto: A.C. ConBiVe
Tortuga caguama o cabezona (Caretta caretta) Foto: A.C. ConBiVe
Especies amenazadas:
Tortugas Marinas de Venezuela Conociendo la Biodiversidad de Venezuela