Viajando a Chile con mi hijo y el gato

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Relato de un viaje en donde tuvimos algunos contratiempos y un final completamente inesperado.


Viajando a Chile con mi hijo y el gato.


Dada la gravedad de la crisis que se vive en Venezuela y por razones que no vienen al caso enumerar, me vi obligado a dejar mi país para fijar residencia en Santiago de Chile.

Una de tales razones, sin embargo, era que Diego, mi hijo −que en ese entonces tenía quince años−, continuara sus estudios en Santiago y posteriormente hiciera su vida en Chile, aprovechando que posee ambas nacionalidades: venezolana y chilena. Así, una vez discutido y decidido el asunto, su mamá me lo dejó a cargo por un par de meses y partió antes que nosotros para buscar casa, trabajo y colegio.

Pero había otro miembro de la familia que nos estaba generando muchas dudas e inquietudes en cuanto al viaje… El gato.

Balú, el gato de mi hijo.

Balú es un gato adulto, desconfiado y poco sociable. Lo tenemos desde que cabía en la palma de una mano y creció con mi hijo. Al momento del viaje contaba cinco años y seis kilos de peso, y nunca había salido de casa; salvo para ir al veterinario.

El problema era que no teníamos a quien dejárselo (mi mamá y mi hermana habían formado una tribu aparte que incluía tres gatos, un loro y una perrita pug carlino), y abandonarlo no era opción. Una mascota es un miembro más de la familia, de eso no tengo dudas.

Por consiguiente, Balú se iría también a Chile.

Compramos boletos para el 14 de septiembre de 2015, así que (pensaba) llegaría a Santiago con tiempo suficiente para celebrar mi cumpleaños un par de días después, el 16 de septiembre.

La idea no estaba mal…


Camino al aeropuerto…


Ese día llegamos al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar cinco horas antes de la salida del vuelo; no sabía cuánto tiempo me tardaría con los trámites de revisión del gato.

Yo llevaba una maleta grande a reventar, otra más pequeña, un morral en donde llevaba mi cámara réflex, sus lentes y la laptop, un sweater y un parka o chaqueta gruesa; en Chile estaba finalizando el invierno y la temperatura en Santiago para esos días rondaba los 5 °C., pero en Maiquetía, en plena zona tropical y a nivel del mar, estaba sudando a chorros.

Diego llevaba una maleta grande y una mochila como equipaje de mano, un sweater, una chaqueta gruesa y el kennel o portador de mascotas con el gato. Además, como equipaje adicional, llevábamos dos cajas de 20 kilos cada una.

Poco después de terminado el Check-In nos dieron una mala noticia: El avión solo llegaría hasta Lima, había una protesta de controladores aéreos en Chile.

Como nosotros no íbamos en viaje de placer –nos estábamos mudando a otro país y ya habíamos desocupado todo el departamento– comprenderán que se me hacía muy difícil retornar a Caracas. Y entre quedarnos en un hotel en La Guaira y otro en Lima, opté por lo segundo. Además, esas huelgas de controladores por lo general solo duran unas cuantas horas.

Así, ya con los pases de abordar, no dirigimos a la aduana del aeropuerto.

La sala estaba llena de gente formada en una única fila para pasar los controles de seguridad, hacía calor y yo andaba con mucha ropa y objetos encima. Estaba estresado por todo lo que implica tener que mudarse a otro país y me sentía bastante molesto por lo del vuelo cancelado. Y aún no sabía si había tomado la decisión correcta al seguir hacia Lima. Comencé a sudar y a la vista de otros seguramente me veía intranquilo, así que no pasó mucho tiempo para que algunos guardias fijaran su atención en mi.

Cuando me tocó el turno de pasar por el detector de metales me despojé rápidamente de los zapatos, cinturón y otros objetos y comencé a montar el equipaje en la banda transportadora del equipo de inspección por rayos X. Primero mi maleta, después el bolso de la cámara, la mochila de Diego, las  chaquetas gruesas, los sweaters…

Un funcionario policial se me acercó:

—Disculpe. Debe sacar a su mascota del contenedor.

—¿Qué? ¿Sacar al gato?

Ya me veía corriendo por todo el aeropuerto buscándolo, pero no teníamos opción. Era éste el comienzo de una batalla épica que sería recordada por siempre en los anales aeroportuarios… Diego y yo, por un lado, halando al gato hacia afuera, y el gato, por el otro, negándose obstinadamente a salir.

Detrás de nosotros la gente esperaba impaciente el desenlace.

Cuando al fin pudimos sacarlo me lo acerqué rápidamente al cuerpo para abrazarlo y sostenerlo con fuerza. El pobre animal estaba aterrado, nunca antes había tenido tantas personas alrededor. Y de seguro entró en shock, porque a partir de ese momento no se movió más, ni para pestañear.

Pasé el detector de metales descalzo y con el gato cargado. A continuación lo metimos nuevamente en el kennel y entonces apareció un segundo guardia:

—Por favor, abra su equipaje.


Volando a Perú


Luego de la revisión nos dirigimos a la puerta de embarque. Allí me encontré con una pareja que llevaba un perrito dentro de un bolso e intercambiamos algunas palabras. Poco después subimos al avión, coloqué al gato debajo de mi asiento y nos preparamos para el despegue.

El vuelo transcurrió sin contratiempos, pero en un momento dado me percaté de algo muy importante: ¡El gato no tenía documentos para entrar a Perú!

Llegamos al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, en Lima. Al bajar del avión nos fuimos directo, junto a otros pasajeros, al mostrador de la aerolínea para confirmar cupo para el próximo vuelo a Santiago. Más tarde, cuando llegamos a recoger las maletas y las cajas, nos dimos cuenta que el personal de seguridad del aeropuerto, al ver que nadie las retiraba, se las había llevado a un lugar aparte. Fuimos a buscarlas y nos dirigimos a la aduana. Ahora me sentía un poco nervioso, temía que me dijeran algo por el gato. Además, estaba cansado, estresado y con hambre.

Llegamos a otra cinta transportadora… Monté la maleta grande de Diego sobre ella y enseguida monté la mía. Luego hice lo mismo con una de las cajas y a continuación con la otra. Me sequé el sudor con el dorso de la mano y noté que un policía me miraba a la distancia. Diego colocó mi maleta pequeña y su mochila sobre la banda, luego las chaquetas y la carpeta con nuestros documentos, mientras yo hacía lo mismo con el bolso de la cámara y el kennel. Al terminar, me saqué un pañuelo del bolsillo para pasármelo por el rostro, mientras veía que el policía se aproximaba.

Respiré profundo y puse cara de fastidio, no quería volver a abrir las maletas. Repentinamente una mujer lanzó un agudo grito detrás de mí… y enseguida comenzó a reír.

Sin quererlo, había colocado el kennel −con el gato aún adentro− sobre la banda transportadora, y la imagen fantasmagórica del animal se vio claramente reflejada en la pantalla del equipo de inspección por rayos X. Hubo más risas y uno que otro comentario ocurrente de las dos funcionarias que trabajaban a esa hora de la noche. Afortunadamente no me pidieron ningún documento por el gato y tampoco hubo revisión.

El siguiente paso era ir a un hotel para pasar la noche… Un momento, ¿ese hotel aceptará mascotas? No lo sabía y a esa hora de la noche no tenía la intención de averiguarlo, así que pasó de contrabando.

Al día siguiente, luego de desayunar en el hotel, me fui al aeropuerto para asegurarme de que teníamos cupo para el próximo vuelo. Luego pasé por la oficina de control de animales y expuse mi caso. Me dijeron que como estábamos en tránsito no había ningún problema.

De vuelta a la habitación me encontré con la pareja del perrito, quienes amablemente me dieron un puñado de galletas para perros. Se las llevé a Balú pero no quiso comerlas. Diego también le había dado un poco de jamón que apartamos durante el desayuno y no lo quiso. Tampoco había ido al baño y eso me preocupaba. A un perro lo sacas a pasear por la acera y listo. Con el gato no es así, y menos cuando está acostumbrado a una caja de arena.


Todo listo para seguir el viaje a Chile


El vuelo salía a las 10:30 de la noche, así que recorrimos una y otra, y otra vez, los pasillos del aeropuerto. Finalmente, luego de un lento proceso de envejecimiento, nos registrarnos y pasamos por la aduana sin inconvenientes. Esta vez pudimos sacar al gato de su caja portadora sin mayores problemas, aunque se puso tenso cuando unas niñas se acercaron con intenciones de acariciarlo. Al poco rato embarcamos y despegamos.

Más tarde, luego de cenar y mucho después de que las azafatas disminuyeran la intensidad de la luz en la cabina, miré el reloj y vi que la medianoche había quedado bien atrás. Era la madrugada del día de mi cumpleaños.

En el aeropuerto Arturo Merino Benítez –en Santiago– no tuvimos ningún problema con Balú. Un funcionario de control de animales lo revisó y comprobó que sus vacunas y certificados sanitarios estaban en orden. Luego selló los documentos y listo. Salimos y tomamos un taxi.

Poco después estaba acostado y arropado, durmiendo de lo lindo, cuando me despertaron para decirme que Balú se había quedado atrapado por debajo y atrás de un lavamanos flotante, en un espacio bastante reducido para su tamaño, con las patas y el cuerpo enredados entre las conexiones flexibles y el tubo del desagüe. Tal vez buscaba un lugar donde esconderse o sentirse protegido en una casa cuyos olores y sonidos aún desconocía. Tardamos una media hora en liberarlo.

Al finalizar la tarde, sintiéndome ya más relajado y tranquilo, me senté a tomarme una copa de vino para celebrar mi cumpleaños… cuando de repente la tierra comenzó a sacudirse con fuerza. Un terremoto de magnitud 8.4 en la escala de Richter estremeció buena parte de las zonas central y norte del  país, mientras que el recién llegado gato corría de un lado a otro de la casa sin saber dónde esconderse.

En su peculiar estilo, Chile nos daba así la bienvenida.


Jesús Osilia | Travel blogger, Content Creator en ExplorandoRutas. Miembro de la Asociación de Blogueros de Viajes de Chile (AChileTB)


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2 thoughts on “Viajando a Chile con mi hijo y el gato

  • 28 mayo, 2017 en 10:34 pm
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    Si me he reído con esto del gato asustado, je, je! Saludos, Jesus!

  • 27 mayo, 2017 en 7:56 pm
    Permalink

    Definitivamente una bienvenida inolvidable te dio el país, pobre Balú jejeje… saludos Jesus!

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