¿Cuánto pesa tu morral?

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CRÓNICAS Y RELATOS DE VIAJES:
¿Cuánto pesa tu morral? | por Arquímedes Machado

Dejamos el Pico Bolívar atrás, y todavía incrédulos de que lo habíamos conquistado, ya estábamos en camino a nuestro siguiente cuatro mil, el pico Humboldt (4.940 m.s.n.m.).

Esa tarde, después de unas 5 horas de camino desde los Timoncitos hasta la Verde (campamento base de Humboldt), montamos las carpas y los guías se pusieron a cocinar. De repente veo a lo lejos un grupo de unas 5 personas que llegaban al campamento con el ánimo en el piso, unos se fueron directo a sus carpas y otros incluso se lanzaron en el suelo tirando el morral de ataque a un lado… Fue claro para mí que ellos venían de la cumbre o al menos de haber hecho el intento.

Mi curiosidad me decía, ve y pregúntales cómo les fue (aunque el lenguaje corporal lo decía todo), la conciencia me decía, no lo hagas, te puede desanimar su historia. La guerra entre estas dos sensaciones era como tener al angelito y el diablito de las comiquitas, sentados uno en cada hombro por un buen rato. De repente, el pana que estaba fuera de la carpa se paró, recogió su morral y se acercó a nuestro campamento… No podía ser, ¿quién puede conseguirse con un conocido en un sitio tan escondido y tan difícil de llegar? Pues, sí, me conseguí con Ricky, a quien conocía por ser el novio de una amiga mía. Ahí la conciencia perdió fuerzas y la curiosidad de preguntarle cómo le había ido ganó la lucha.

Ricky me comentó que fue muy dura la subida, que la cima les costó 13 horas (ida y vuelta) y eso que habían salido súper temprano (5:00 am), con bastante agua y con todas las energías del mundo. Además ellos venían haciendo la travesía al revés que nosotros (del Humboldt al Bolívar), por lo que era su primer pico. Esto que oía me empezó a preocupar, principalmente por tres cosas. La primera, Ricky es un loco más frito que yo, un pana que es músico y totalmente feliz de la vida, y verlo poco sonriente aún después de haber llegado a la cumbre era algo que me ponía nervioso. Segundo, Ricky es una persona de al menos 1.75 mts de altura, lo que hace que su paso sea considerablemente más largo que el mío, permitiéndome suponer que su velocidad de caminata era mucho mayor que la mía; entonces, si él se había lanzado 13 horas, ¿cuánto voy a durar yo? La tercera y la más difícil para mí era que Erik no se sentía nada bien y, de continuar hacia la cima, podría retrasarnos de una manera importante.

Decidí compartir mis preocupaciones con uno de los guías y me dijo que las dos primeras no eran preocupaciones reales. Me dijo: Te estás preocupando por algo que sólo está en tu mente y pues estás comparando dos realidades distintas. La tercera si era algo realmente preocupante y el guía me dijo que la decisión de que Erik subiera o no, era una decisión de equipo, pero que él no aconsejaba que Erik intentara la cima. Decidido, es hora de hablar como equipo, así que Henry, Erik y yo nos encerramos en una carpa a discutir del tema.

La conversación fue difícil incluso antes de iniciar, no es que seamos unos grandes excursionistas pero era la primera vez que nos enfrentábamos a la posibilidad de dejar a uno detrás. Decidí hablar desde los hechos para que luego llegáramos en conjunto a la conclusión. Sin embargo, para mi sorpresa, la posición de Erik era la que todo excursionista debe tener ante esta situación: “Kimo, Enano (Henry), estoy claro que no estoy en la mejor condición y esta gripe lo empeora todo, sólo les pido que me dejen ver como amanezco mañana y si no me siento bien, yo mismo les diré que no subo”. La verdad no fue fácil haber empezado la conversación pero escuchar de tu gran amigo palabras tan sabias, valió la pena.

Por supuesto, la altura y mis preocupaciones hicieron de las suyas y no dormí casi nada. Se hicieron las 5 de la mañana y ya era hora de ir estirándose para estar listos para partir. Recordaba que Ricky me había comentado que él salió a las 5 y nuestra hora de partida era a las 6, una hora más tarde, lo que me devolvía a mis preocupaciones iniciales. Le pregunté a Erik como se sentía, se asomó por la puerta de la carpa y dijo: “La gripe empeoró. ¡Hagan cumbre en mi nombre!”

El grupo se dividió, uno de los guías bajaría con Erik a Mérida (pues aún y cuando se sentía mal había que salir a pie de ahí) y el otro nos llevaría al Humboldt. Partimos nosotros primero, y empezando el camino el guía nos dijo que nos tenía dos noticias: una buena y una mala. La buena era que la ruta que usaríamos para ascender no era técnica, es decir, sólo necesitaríamos de nuestra fuerza (física y mental) para llegar, pero que no necesitaríamos de cuerdas ni escalar ninguna pared. ¡Excelente! pensé… ¿Y la mala? La mala sí que fue fuerte, la noticia era que si no llegábamos al glaciar del Humboldt a las 11:00 am no subiríamos a la cima, y si bien la decisión de si Erik subía o no era del equipo, esta era una decisión del guía y no era negociable. La explicación era que estábamos en verano y por tanto el glaciar, al exponerse al Sol del mediodía, se debilitaba, haciendo peligroso caminar sobre él.

Ricky subió en 13 horas… ¿y este pana quiere que yo llegue al glaciar en menos de 5 horas? Bueno aquí vamos a darle duro porque no queda de otra. Tanto el enano como yo estábamos claros, esto era una cuestión de llegar arriba en el menor tiempo posible, haciendo que los descansos, o fueran limitados o fueran menos, cosa que era muy difícil para nosotros, pues cada diez pasos sentíamos que necesitábamos oxígeno.

La subida no es empinada, es súper empinada, y además llena de rocas y arenisca suelta en algunos tramos, haciendo que el subir sea más delicado, porque te entierras en la arena y sueltas piedras que pueden ser peligrosas para quien viene detrás. El guía jugó un papel psicológico importante, pues era él quien reducía el tiempo de descanso diciéndonos: “Se nos acaba el tiempo, en la cima pueden descansar, ustedes deciden en dónde invertir el tiempo. Morral al hombro, a seguir subiendo”.

Pasamos tres horas duras de subida y de repente vemos al guía sentado en una roca sosteniendo en sus manos un pedazo de hielo, subí un poco más la mirada y entre las rocas habían huellas de glaciar… Estamos cerca, no falta mucho. La verdad no faltaba nada para el glaciar, eran las 9:20 de la mañana y estábamos colocándonos los crampones para atravesarlo. Una hora y cuarenta minutos antes de la hora de quiebre, la alegría que nos invadía era mayor que el cansancio que padecíamos, pero sabíamos que, aunque había tiempo, la cumbre no había sido alcanzada aún y la meta era llegar a salvo al campamento base, así que nos faltaba un poco más de la mitad del viaje.

Y así fue como atravesamos el glaciar y pocos minutos después alcanzamos la cima. Dedicamos la subida a Erik y tomamos muchas fotos para poderlas compartir con él. Disfrutamos la cumbre, vimos llegar a otros que habían decidido subir por la ruta técnica y con ellos la sensación del éxito, esa que se muestra cuando sientes que lo lograste, la misma que de seguro hubiésemos visto en nuestros propios rostros si nos mirábamos en un espejo. Era la hora de celebrar con un buen vino… ¡y al abrir los morrales nos dimos cuenta que habíamos dejado la botella en campamento base!

De esta experiencia aprendí varias cosas, entre ellas, lo importante que es hablar de los problemas, puede que sea difícil, puede que resulte un poco incómodo al principio, pero si dedicamos ese tiempo sabio a hablar de ellos, después no serán una carga en el camino.

También aprendí que las preocupaciones no son importantes, pues, como diría mi padre, lo importante no es preocuparse, sino ocuparse, y es cierto, pues las preocupaciones pueden convertirse en temores y los temores en barreras que obstaculizan el camino o incluso en montañas más altas que la cima misma. Las preocupaciones siempre estarán presentes pero es importante pensar en cuáles de ellas son preocupaciones que están fuera de mi influencia y cuáles de ellas puedo resolver. Entendiendo esto, también entenderé en cuáles me debo enfocar para llegar a la meta y cuáles debo soltar para que no sean una carga sin sentido.

La experiencia de Ricky se hubiese podido convertir en un peso innecesario si hubiese decidido cargar con él… al final llegamos al campamento base, después de conquistar la cima, en unas ocho horas, felices y con nuestro paso igual de corto que al principio del viaje…

Si lo desea, puede leer otros relatos de Arquímedes Machado en su propio blog:

http://cuentosdekimo.blogspot.com/

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