Con la lluvia en el Roraima

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CRÓNICAS DE VIAJES:
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Comenzamos la caminata…

Con la lluvia en el Roraima

Como siempre, iniciamos la caminata en la comunidad indígena de Paraitepuy, el punto más cercano al Roraima al que se permite llegar con vehículos de doble tracción. Era la primera vez que subiría al tepuy en compañía de mi hijo, que con sólo nueve años ya era todo un veterano en la Gran Sabana. También me acompañaba un grupo de consecuentes amigos que por muchos años han compartido con nosotros la pasión por el senderismo y los viajes a lugares remotos.

En total, el grupo estaba conformado por diez personas, ocho adultos y dos niños (Diego –mi hijo– y Maurizio, también de nueve años de edad), sin contar a los guías y porteadores. Nuestro guía principal era Carlos Luis Romero (Puri-Puri) –por lo demás, un gran amigo–, quien a su vez era secundado por otro guía que hacía las veces de porteador y cocinero, y otros cuatro porteadores que asistían a los guías en las labores logísticas y en aquellas relacionadas con la cocina. Todos ellos, a excepción de Puri-Puri, pertenecían a la etnia pemón.

Partimos a las nueve de la mañana. La distancia a recorrer entre la comunidad de Paraitepuy y el campamento del río Kukenán (situado a 1.050 m.s.n.m.) es de unos trece kilómetros a través de sabanas y colinas ligeramente onduladas y calcinadas por el sol, las cuales recorrimos en poco más de cuatro horas incluyendo algunas paradas para descansar, abastecernos de agua y tomar un refrigerio en el río Tek.

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Ermita Santa María de Tökwono

Después de pasar el río Tek, y poco antes de llegar al campamento del río Kukenán, nos encontramos con la ermita de Santa María de Tökwono, que se erige sobre una colina al frente del Roraima. Más adelante, el camino desciende abruptamente hacia las márgenes del río Kukenán, el cual se debe cruzar para llegar finalmente al campamento y montar las carpas.

Al llegar notamos la presencia de otras carpas en los alrededores. Al parecer, habría mucha gente subiendo con nosotros al día siguiente. Pero el guía nos aseguró que esos grupos ya venían de regreso. Más tarde, conversamos un rato con ellos. Para muchos, esa había sido su primera experiencia en el Roraima, y estaban maravillados.

A la mañana siguiente nos despertamos bien temprano, desayunamos y levantamos el campamento. La jornada de ese día sería más exigente que la anterior, ya que comenzaríamos a ascender por las laderas del tepuy hasta llegar al campamento base –el cual se ubica a los pies de la pared del Roraima–, a unos nueve kilómetros de distancia y una altura de 1.870 metros sobre el nivel del mar.

El cielo se mantuvo despejado durante todo el trayecto y el sol no tuvo clemencia alguna con nosotros. A lo largo del camino nos topamos con muchos excursionistas que venían bajando, y al charlar con ellos nos comentaban que la vista desde la cima había estado inmejorable.

La caminata nos tomó algo más de cinco horas, y al llegar al campamento base notamos que estaba relativamente solo. Sin contar las nuestras, sólo se veían tres o cuatro tiendas en los alrededores. Poco después disfrutamos –o más bien debería decir sufrimos− un gélido baño en una fuente de agua cercana, pero no permitimos que nadie usara jabón. La idea era refrescarse, aunque en realidad muy pocos pudieron permanecer dentro del agua por más de dos o tres minutos; estaba tan fría que la sensación en el cuerpo, y sobre todo en las extremidades, era realmente dolorosa. Aprovechamos el resto de la tarde para descansar y tomar algunas buenas fotos por los alrededores.

Esa noche nos acostamos antes de las nueve, la temperatura bajó a 10 ºC., y el cielo se mantuvo completamente estrellado. Al día siguiente nos levantamos muy temprano, desmontamos el campamento y les dimos las tiendas a dos de nuestros porteadores, quienes iniciarían el ascenso mucho antes que el resto del grupo. Después, organizamos nuestras mochilas y nos sentamos sobre las piedras para desayunar. Fue en ese momento cuando noté algo que no había visto al levantarme, y que ciertamente me desalentó un poco… En lo alto se veían cirrostratos, un preludio de mal tiempo. Probablemente llovería al final de la tarde.

El ascenso al tepuy Roraima no es técnico, es decir, en ningún momento se requiere el uso de técnicas o equipo de escalada. Se sube por una rampa natural adosada a la pared del tepuy. Es un sendero bastante rocoso, con muchas piedras sueltas y algunos tramos en donde hay que ayudarse con las manos para poder trepar. El trayecto, desde el campamento base hasta la cima es de unos 2,5 kilómetros, pero la pronunciada pendiente (con un desnivel de unos 850 metros) y la dificultad del terreno exige consumir unas seis horas de marcha. De particular cuidado es la rampa final, en donde hay que caminar sobre infinidad de rocas sueltas producto de algún gran desprendimiento en un pasado no muy remoto.

Poco antes de comenzar el ascenso por la pared del tepuy, el guía, como es costumbre entre los pemones, pidió que nos formáramos en círculo, y mientras nos tomábamos de las manos elevó una oración a los dioses del Roraima solicitándoles su venia para poder subir al tepuy. Inmediatamente después nos pusimos en marcha.

No importa cuántas veces se suba, la experiencia siempre es única e inolvidable.

Al mediodía comenzó a bajar la neblina, ocultando toda la parte alta de la pared del tepuy. Más tarde, llegamos a un mirador desde donde se puede ver gran parte de la rampa final. Desde este punto la rampa luce peligrosamente estrecha y muy empinada. Amedrenta a todo el que sube por primera vez. Pero una vez en ella se adquiere una visión distinta de las proporciones y podemos dejar el temor a un lado. Sin embargo, es un tramo exigente y relativamente peligroso en donde la prudencia obliga a caminar pegados a la pared interna del tepuy.

El nombre que se le ha dado a esta parte del camino también desalienta a más de uno: “el Paso de las Lágrimas”. Pero la connotación es otra, recibe su nombre en razón de un constante goteo desde lo alto. Aquí, en el Paso de las Lágrimas, y más tarde sobre la cima, los porteadores nos advertían: “Hablen en voz baja para que no llueva”, “el ruido molesta a los espíritus de la montaña, y al enojarse llueve”. Bueno, es probable que no todos escucharan la conseja o que en alguna otra parte del Roraima se había entablado una terrible discusión a gritos, porque lo cierto es que en esta oportunidad nos llovió toda la noche, así como gran parte del día siguiente, de la segunda noche y la mañana después.

Finalmente, luego de seis horas de marcha, alcanzamos la cumbre del tepuy. Un sendero rocoso rodeado de colosales y extrañas figuras de piedra se abría ante nosotros para conducirnos a un fascinante mundo perdido muy distinto del que se imaginara sir Arthur Conan Doyle al escribir su célebre novela en 1912. Ciertamente, la energía milenaria del Roraima satura y envuelve los sentidos, es un lugar mágico y misterioso, un mundo en donde el aislamiento, producto de la abrupta forma tabular que caracteriza a los tepuyes y las extremas condiciones climáticas que lo envuelven, han permitido además el desarrollo y preservación de un ecosistema único en el planeta.

Acampando sobre la cima del Roraima
Acampando sobre la cima del Roraima

Unos quince minutos después llegamos a lo que sería nuestro campamento sobre la cima. Los porteadores que habían partido más temprano esa mañana ya tenían montadas las tiendas en el sitio denominado Hotel El Indio; una estrecha saliente rocosa debajo de una gran cornisa. El lugar era perfecto, un punto alto sobre la cima con una vista espectacular hacia la sabana circundante y al Matawi-tepuy o tepuy Kukenán, y a resguardo del viento y la lluvia.

Poco después de habernos instalado en aquel “hotel” las nubes nos cubrieron y, como me lo esperaba, comenzó a llover. El resto del día –no tuvimos otra opción− lo aprovechamos para descansar y compartir con el grupo debajo de la cornisa. Llovió y venteó fuerte toda la noche, y la temperatura bajó a 5ºC., pero eso en nada nos afectó. El sitio escogido por los pemones para montar el campamento era inmejorable.

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La superficie del tepuy estaba anegada

En la mañana el paisaje había cambiado. La superficie del tepuy estaba literalmente anegada. Después de desayunar, y con una ligera lluvia, salimos a recorrer una parte del tepuy, maravillados siempre de su peculiar topografía, tan irregular como surrealista. Estaba tan nublado que no tenía sentido acercarnos a las “ventanas”; dos extraordinarios miradores desde los cuales se puede observar, en uno, buena parte de la pared del Roraima, y en el otro, al coloso situado al frente: el tepuy Kukenán. En vez de eso, nos fuimos hasta los jacuzzis −pequeños pozos naturales con el fondo cubierto por cristales de cuarzo−, en donde Puri-Puri, Claudia, Fabio y Maurizio decidieron, a pesar de la lluvia y el frío, darse un chapuzón.

Los jacuzzis del Roraima
Los jacuzzis del Roraima

Sobre la cima del Roraima hay muchos lugares para visitar, pero hasta el más simple paseo por los alrededores resulta emocionante al permitirnos descubrir cada una de las innumerables y extrañas formas presentes en el modelado de las rocas, o al observar plantas y animales que sólo pueden contemplarse en éste lugar.

Al mediodía se levantaron las nubes, y pudimos disfrutar entonces de una vista maravillosa sobre la Gran Sabana. Debajo de nosotros se veía el campamento base, atestado de carpas. A la derecha, a lo lejos, un hilo de plata se desprendía majestuoso desde la cumbre del Matawi-tepuy… Se había formado el Salto Kukenán, la tercera caída de agua más alta de Venezuela. A diferencia del Salto Ángel, el Salto Kukenán es una cascada no permanente que se forma únicamente después de una lluvia fuerte, y desaparece luego de que las aguas han sido drenadas.

La cima del tepuy se mantuvo parcialmente despejada hasta bien entrada la noche, después se nubló otra vez por completo y comenzó a llover alrededor de la medianoche. Al amanecer seguía lloviendo, aunque no muy fuerte. Desayunamos bien temprano y levantamos el campamento. La jornada de ese día era bastante larga y ya era hora de iniciar el descenso.

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Nos detuvimos un momento para contemplar una vez más el extraño mundo que dejábamos atrás

Una ligera llovizna caía mientras caminábamos sobre la superficie del tepuy de regreso a la rampa. Todas las partes bajas del terreno estaban cubiertas de agua, y encontrar el camino de regreso se nos hacía bastante difícil. No así para los pemones.

Poco después, a medida que nos acercábamos a la rampa, comenzamos a escuchar el bramido de un furioso torrente. Al principio se nos hizo bastante difícil ubicar su procedencia, hasta que nos dimos cuenta que el agua corría con fuerza por debajo de nosotros.

No podíamos ver el torrente, pero el sonido nos llegaba claramente a través de oscuras y profundas hendiduras en las rocas. El agua se abría paso entre las grietas, y al llegar al borde del tepuy se precipitaba en caída libre para formar una de las muchas y espectaculares cascadas que se desprenden desde la cima del Roraima después de haber llovido.

La rampa estaba justo adelante, pero antes de continuar nos detuvimos un momento para contemplar una vez más el extraño mundo que dejábamos atrás, un mundo primigenio que había quedado suspendido en el tiempo, una visión onírica prestada a lo real, a lo tangible… Nos despedimos de los dioses del Roraima y, no sin pesar, comenzamos el descenso.

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Diego y Puri Puri descendiendo por el Paso de las Lágrimas

Más abajo, antes de llegar al paso de las lágrimas, notamos que la lluvia arreciaba nuevamente… Un par de segundos fue suficiente para darnos cuenta de nuestro error. No, no era lluvia. El paso de las lágrimas se había convertido en una cascada con todas las de la ley.

El agua que se precipitaba desde otro punto de la cima del tepuy caía justo sobre el sendero a la manera de un fuerte chaparrón, convirtiendo el camino en un auténtico riachuelo por no menos de un centenar de metros. La sensación al caminar era similar a la que se siente cuando se vadea el lecho rocoso de un río somero de rápida corriente. El agua nos llegaba a la altura de los tobillos, pero cada vez que teníamos que sortear algún obstáculo para descender a un punto más bajo del terreno nos mojábamos incluso a nivel de la cintura.

Era preciso que capturara con la cámara el momento que estábamos viviendo, algo muy difícil de repetir en el futuro… Pero el lente estaba empañado. A duras penas encontré algo para secarlo, la humedad en el ambiente lo hacía bastante difícil y sólo pude tomar alrededor de diez fotografías poco aceptables y una o dos relativamente buenas.

Diego caminaba pegado a la pared del Roraima, a pocos pasos por delante de mí y justo detrás de Puri-Puri, mientras que Maurizio iba un poco más adelante con otro de los guías y el resto del grupo. El agua seguía bajando con fuerza por el sendero y hacía sonar las rocas sueltas. De repente, en determinado punto del camino, el riachuelo torcía bruscamente a la derecha y se lanzaba al vacío a poco menos de cinco metros de nosotros.

El Paso de las Lágrimas ya era una cascada que caía sobre el sendero
El Paso de las Lágrimas ya era una cascada que caía sobre el sendero

Cuando llegamos al mirador lo encontramos lleno de gente. No menos de veinte excursionistas aguardaban expectantes mientras completábamos nuestro descenso por el paso de las lágrimas. Desde ese punto, la visión de la cascada cayendo sobre el estrecho y rocoso sendero para desprenderse una vez más al vacío ciertamente resultaba bastante intimidante. Algunos sentían temor de seguir subiendo, pero al ver que bajábamos con dos niños –que además venían sonrientes- se mostraron más animados.

Cuando finalmente llegamos al campamento base, todavía chorreando agua y llenos de barro hasta las rodillas, los porteadores −que de algún modo se nos habían adelantado por el camino− ya nos tenían casi lista una deliciosa sopa de verduras bien caliente.

El campamento estaba a reventar. Había turistas de muchas nacionalidades y las tiendas ocupaban todos los espacios disponibles y los que no. Afortunadamente, no pasaríamos la noche en este lugar, íbamos a seguir bajando hasta llegar al campamento del río Kukenán.

La lluvia había cesado y el camino que teníamos ahora por recorrer era distinto, ya no tendríamos que ir chapoteando por el sendero. Así, antes de continuar, le pedí a Diego y al resto del equipo que se cambiaran los calcetines húmedos por un par secos, y de ser posible que se cambiaran también de calzado; aún nos quedaban muchos kilómetros por recorrer y debíamos evitar, en lo posible, la formación de ampollas en los pies. En este tipo de excursiones, debemos resaltar, es muy importante llevar siempre un par de zapatos deportivos o sandalias de trekking adicionales. Y en senderos rocosos como los del Roraima, lo mejor es caminar con botas, ya que ofrecen mayor protección al pie.

Llegamos al campamento del río Kukenán poco antes de oscurecer, agotados, adoloridos… pero felices. Al día siguiente nos esperaba otra larga caminata, la que nos llevaría de vuelta a Paraitepuy, punto de partida de esta maravillosa excursión.


Texto y Fotos: Jesús Osilia


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