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Gerhard Hüedepohl    
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Fotografía de un macho adulto   /Foto: Mariano Costa
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El majestuoso vuelo del Cóndor    /Foto: Félix Vidoz
son de color marrón. Tienen un pico fuerte con forma de gancho y bordes cortantes. Patas robustas con dedos fuertes pero con uñas más bien romas y relativamente débiles, no aptas para atrapar presas como creen algunos campesinos. Los machos pesan entre 11 y 15 kilogramos mientras que las hembras son más pequeñas y pesan entre 8 y 11 kilogramos.
Son monógamos, es decir, escogen una pareja y permanecen con ella de por vida. Son animales muy longevos, pueden vivir más de cincuenta años. Anidan entre los tres mil y cinco mil metros de altitud, en las salientes y grietas de paredes rocosas al abrigo del viento y la lluvia. La nidada consta de un único huevo que es incubado por ambos padres durante casi dos meses. El polluelo, que a los seis meses de edad es tan grande como los adultos, es atendido hasta que cumple el año y medio de vida o los dos años, y es sexualmente maduro a los ocho.  
Y al contrario de lo que dicen algunas leyendas y personas mal informadas, el Cóndor de Los Andes no ataca nunca a los seres vivos, no ataca al ganado ni se lleva a los niños. Es un carroñero, se alimenta de animales muertos; a los cuales incluso sobrevuela durante uno o dos días antes de animarse a descender para comerlos.
Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, el Cóndor de los Andes es una especie “casi amenazada”, ya que sufre la pérdida progresiva de su hábitat y es víctima de la caza furtiva en razón de las falsas creencias de que ataca al ganado. Sin embargo, sabemos que la disminución de las poblaciones de cóndores pudo haberse iniciado  hace ya muchos años con el decrecimiento de las poblaciones de los grandes mamíferos sudamericanos (camélidos, dantas, venados...), y que posiblemente se vio agravada con la llegada de los conquistadores europeos; quienes los cazaban buscando erradicar la creencia de los pueblos andinos de que el ave encarnaba una deidad. Lamentablemente, son factores del tipo biológico los que inciden mayoritaria y directamente sobre la merma de la especie. En principio, y como ya lo hemos señalado, el hecho de que son animales monógamos y tienen una tasa de reproducción bastante baja: un único huevo incubado por la pareja durante casi dos meses en un ciclo de dos años hasta que el polluelo se independiza; quien a su vez no procreará hasta alcanzar los ocho años de edad... En consecuencia, la desaparición de un sólo individuo se constituye en una pérdida realmente irreparable.
En Venezuela se le creía extinto hasta que en 1976 un grupo de ornitólogos ingleses avistó dos ejemplares adultos a medio camino entre las poblaciones de Mérida y Jají; quienes probablemente provenían de Colombia. Un proyecto de re-introducción tuvo lugar hace poco más de diez años en el páramo de Mifafí, dentro de los límites del Parque Nacional Sierra de la Culata, en el estado Mérida. Seis magníficos ejemplares pudieron ser liberados y eran monitoreados con equipos de rastreo satelital mientras surcaban los cielos merideños. Muy pronto se encontraron dos de los ejemplares muertos, por disparos, y un tercero quedó incapacitado al chocar contra una línea eléctrica de alto voltaje. Uno de los cazadores fue identificado, pero nunca fue castigado o condenado por organismo alguno. La entidad bancaria que patrocinaba el proyecto se declaró en quiebra. Incluso, habían entes gubernamentales y personeros de la región que rechazaban el proyecto; al parecer siguiendo oscuros intereses económicos que buscaban la desafectación de terrenos dentro de los límites de los Parques Nacionales presentes en el estado.
Todo ello llevó finalmente a la suspensión del programa de re-introducción del Cóndor en nuestro país. Los ejemplares restantes fueron nuevamente capturados, y desde entonces se los mantiene en el Refugio de Cóndores de Mifafí bajo custodia de personal adscrito al Instituto Nacional de Parques (Inparques).
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Ejemplar femenino del Cóndor de los Andes Foto: Jesús Osilia
Divinizado por los Incas, el rey de los Andes sigue siendo objeto de culto en muchas comunidades andinas. Es el icono cultural por excelencia de la gran cordillera sudamericana, y engalana los escudos de armas de cuatro países de la región: Colombia, Ecuador, Bolivia y Chile.
Con sus alas de hasta tres metros y medio de envergadura el Cóndor de los Andes (Vultur gryphus) es capaz de alcanzar con facilidad los siete mil metros de altura usando las corrientes térmicas ascendentes y planear por centenares de kilómetros sin mover casi las alas. Es una de las aves voladoras más grandes del mundo, sólo superada por el Albatros viajero (Diomedea exulans), y habita a lo largo de la Cordillera de los Andes, desde Venezuela hasta la Tierra del Fuego, así como en las costas  sudamericanas adyacentes al océano Pacífico.
Se caracterizan por tener una cabeza bastante pequeña en relación al cuerpo, carente de plumas, de color carne oscuro en los machos (aunque cambia de tonalidad según el estado emocional del ave) y coronada por una cresta o carúncula carnosa, con pliegues en la cara y en el cuello que aumentan de tamaño con la edad. Las hembras también poseen tales pliegues, pero no tienen la carúncula y sus ojos son de color rojo, a diferencia de los machos que los tienen de un tono café. El plumaje de los adultos es casi todo negro con plumas blancas en la dorsal de las alas (especialmente los machos) y una gola blanca que les rodea el cuello aunque no llega a unirse al frente. Los ejemplares juveniles, en ambos sexos
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Distribución geográfica actual
Pero si los cóndores prácticamente han desaparecido de los cielos de Venezuela, en Colombia, por el contrario, la población parece que se ha estado incrementando lenta pero constantemente durante los últimos años, gracias a un exitoso programa de repoblamiento. Actualmente hay poco más de cien ejemplares. En Perú y en Ecuador la población también es reducida, aunque mayor a la de Colombia.
Algunos expertos calculan que a nivel continental existen poco más de cinco mil ejemplares, la gran mayoría en Argentina y en Chile, en donde los programas de repoblamiento y protección de la especie han sido muy eficientes.
Tal vez, en un futuro, de cambiar la mentalidad depredadora de aquellos que gustan de dispararle a cuanto animal se les atraviesa por el camino, podamos ver nuevamente el majestuoso vuelo del rey de los Andes sobre los cielos de las más altas montañas de Venezuela.
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